PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El CIAM propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.


Confiar en Cristo, que llama a la conversión y a la misión





XII Domingo  del Tiempo Ordinario
Año B – 25.6.2006

 


Job  38,1.8-11
Salmo  106
2Corintios  5,14-17
Marcos  4,35-41

 
Reflexiones
Desde el comienzo hasta el final, una pregunta insistente recorre los 16 capítulos del Evangelio de Marcos: “¿Quién es Jesús?”  En el pasaje del Evangelio de hoy  -mientras retomamos la lectura dominical continuada-  Marcos pone en los labios de los discípulos la pregunta: “¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!” (v. 41). Los numerosos milagros de curaciones y esa doctrina nueva, enseñada con autoridad por un Maestro tan sorprendente (1,27), tienen dos puntos culminantes  –en la mitad y al final del Evangelio de Marcos– con la profesión de fe de dos testigos oculares coincidentes: el discípulo Pedro, quien afirma: “Tú eres el Cristo” (8,29), y el centurión pagano, quien al pie de la cruz declara: “Verderamente este hombre era Hijo de Dios” (15,39). Esta afirmación queda ratificada inmediatamente con la resurrección (16,6).
 
El Evangelio de Marcos, aun dentro de su brevedad y concisión, es una respuesta completa a esa pregunta sobre la identidad de Jesús, con un mensaje global y cautivador. “El catecúmeno en el Evangelio de Marcos –el cristiano de hoy, cada uno de nosotros– está invitado a comprender que Dios está a punto de tomar posesión de su vida y sale a su encuentro con una misteriosa iniciativa, que él está llamado a aceptar” (Carlos M. Martini). Marcos, en su temática evangelizadora, dedica poco espacio a los discursos y a las parábolas de Jesús; prefiere realzar los episodios de la vida y los milagros, que sabe narrar con vivacidad de imágenes y emociones.
 
Esto se ve claramente también en el milagro de la tempestad calmada (Evangelio): el fuerte huracán, la barca casi llena de agua, el grito desesperado de los discípulos, Jesús que duerme tranquilamente sobre un almohadón, a popa... Sin embargo, a Jesús le basta una palabra para que cese el viento. Se acaba el miedo de los discípulos, pero quedan “espantados” (v. 41) por haber presenciado una manifestación del Señor. La narración contiene numerosos elementos para la catequesis, y culmina con la oración acongojada de los discípulos, que, al final, profesan su fe en Aquel “a quien el viento y las aguas le obedecen” (v. 41). De esta manera, le reconocen el poder divino, que es propio de Aquel que ha impuesto un límite al mar (I lectura) y ha roto la arrogancia de sus olas (v. 11).
 
En la cultura de muchos pueblos, el mar (con su fuerza, cetáceos, tiburones...) se presenta a menudo como antagonista de la divinidad, símbolo de fuerzas negativas, enemigas del hombre. Por el contrario, el Dios de la Biblia es más potente que el mar, lo domina. Por eso, la escena evangélica de hoy constituía un mensaje de consolación para las primeras comunidades cristianas que empezaban a experimentar la persecución y, a la vez, era una invitación a los catecúmenos a poner su confianza en Cristo y en su nueva propuesta de vida. Él es siempre Emanuel, Dios con nosotros, aun en medio de las pruebas y borrascas de todo tipo. Incluso cuando duerme  -el sueño del cuerpo o el sueño de la muerte-,  comparte con nosotros las situaciones de peligro: ha subido y se queda en la barca con los discípulos. Nunca será derrotado: tiene siempre la última palabra de vida. Significativamente, Marcos usa aquí, por dos veces, el verbo típico de la resurrección (‘egheiro’), para indicar que Jesús se ha despertado, se puso en pie (v. 38.39).
 
La narración del milagro de la tempestad calmada es una página de teología bíblica sobre el misterio del dolor en el mundo, que de suyo reclama la presencia providente y omnipresente de Dios. Frente al dolor, las lógicas humanas claudican. La figura de Job (I lectura) es emblemática. La única ancla de salvación es fiarse de Dios y gritarle, a la vez con dureza y confianza, nuestra desesperación, como el salmista, como los discípulos: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Con la certeza de que  -¡cuando y como Él lo sabe!-  tiene siempre en reserva para el mar la palabra: “¡Silencio, cállate!” Recientemente, el Papa Benedicto XVI ha recordado nuevamente al mundo este tema, durante su visita al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.  (*)  Desde aquí, una vez más, la mirada se eleva hacia la Cruz y el Corazón de Cristo, que murió por todos. Como afirma Pablo (II lectura), usando una expresión fuerte que no es fácil traducir, el amor de Cristo nos apremia, nos aprieta, nos domina, nos quebranta el corazón, llamándonos a la conversión y a la misión (v. 14).
 
Palabra del Papa

(*)  “¡Cuántas preguntas se nos imponen en este lugar! Siempre surge de nuevo la pregunta: ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal? Nos vienen a la mente las palabras del salmo 44, la lamentación del Israel doliente... (Sal 44, 20.23-27). Este grito de angustia que el Israel doliente eleva a Dios en tiempos de suma angustia es a la vez el grito de ayuda de todos los que a lo largo de la historia -ayer, hoy y mañana- han sufrido por amor a Dios, por amor a la verdad y al bien; y hay muchos también hoy. Nosotros no podemos escrutar el secreto de Dios. Sólo vemos fragmentos y nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia... Debemos seguir elevando, con humildad pero con perseverancia, ese grito a Dios: “Levántate. No te olvides de tu criatura, el hombre”. Y el grito que elevamos a Dios debe ser, a la vez, un grito que penetre nuestro mismo corazón, para que se despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por el fango del egoísmo, del miedo a los hombres, de la indiferencia y del oportunismo”.

Benedicto XVI
Discurso en la visita al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, 28.5.2006

 

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 25/6: Siervo de Dios Mons. Melchor de Marion Brésillac (1813-1859), fundador de la Sociedad para las Misiones Africanas (SMA).

- 26/6: S. Vigilio (+405), tercer obispo de Trento, evangelizador de la región con la ayuda de tres misioneros procedentes de Capadocia (actual Turquía); murió mártir en Valle Rendena.

- 26/6: S. Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), sacerdote, fundador del Opus Dei y de la Sociedad sacerdotal de la Santa Cruz.

- 26/6: Jornada mundial de solidaridad en apoyo a las víctimas de la tortura (ONU, 1987).

- 28/6: S. Ireneo (135-202 ca.), nacido en Esmirna (Asia Menor), discípulo de S. Policarpo, fue obispo de Lión, gran evangelizador de Francia y Padre de la Iglesia.

- 29/6: SS. Apóstoles Pedro y Pablo, fundadores de la Iglesia de Roma, martirizados bajo Nerón (+64-67 ca.).

- 29/6: B. Ramón Llull (Mallorca, 1235-1316), de la tercera Orden franciscana, estudioso y escritor; fue misionero en África, donde instauró un diálogo con los sarracenos; sufrió cárcel y martirio.

- 1/7: S. Olivero Plunkett (1629-1681), nacido en Irlanda, estudió en Roma y enseñó teología en el Colegio de Propaganda Fide; fue arzobispo de Armagh (Irlanda) y martirizado en Londres.



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A cargo de: P. Romeo Ballan, mcci – Director emérito del CIAM, Roma

Sito Web:    www.ciam.org    “Palabra para la Misión”

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