PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El CIAM propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.

Del rostro transfigurado a los rostros desfigurados



 

II Domingo de Cuaresma

Año B - 12.3.2006


  • Génesis  22,1-2.9.10-13.15-18
  • Salmo  115
  • Romanos  3,31-34
  • Marcos  9,2-10

 

Reflexiones

La cuestión de fondo de Marcos: “¿quién es Jesús?” encuentra una respuesta en el corazón de su Evangelio, en la Transfiguración de Jesús. Una clave de lectura del Evangelio de la Transfiguración y de los demás textos bíblicos y litúrgicos de este domingo, la brinda la antífona de entrada: “Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro”. Una respuesta a tan insistente súplica llega de “una montaña alta”, donde Jesús se transfiguró delante de tres discípulos escogidos: “sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo” (v. 2-3). Marcos insiste sobre el resplandor luminoso que manifiesta al exterior la identidad de Jesús; en efecto, el color blanco en signo del mundo de Dios, del gozo, de la fiesta. La luz no viene de afuera, sino que mana desde dentro de la persona de Jesús. Con razón, Lucas, en el texto paralelo, subraya que Jesús  subió al monte “para orar, y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). De la relación con su Padre, Jesús sale dinámicamente transformado: la plena identificación con el Padre resplandece en su rostro.

 

El camino de transformación interior es el mismo para Jesús y para el apóstol: la oración, vivida como escucha-diálogo de fe y de humilde abandono en Dios, tiene la capacidad de transformar la vida del cristiano y del misionero. En efecto, la oración, la contemplación, es la experiencia “fundante” de la misión. Ésta fue también la experiencia de Pedro, ya muy convencido de no haber seguido “fábulas ingeniosas”, habiendo sido “testigo ocular… estando con él en el monte santo” (2P 1,16.18). Entre la confusión y el susto (v. 6), Pedro hubiera querido evitar ese misterioso éxodo hacia Jerusalén, del cual hablaban Moisés y Elías con Jesús (Lc, 9,31), deteniendo en el tiempo esa hermosa venida del Reino (v. 5) como una perenne fiesta de las Tiendas (Zc 14,16-18). Superada la crisis de la pasión, la experiencia de intimidad con el Maestro y la escucha de aquel Hijo predilecto del Padre (v. 7), han confirmado la vocación y el compromiso de Pedro por una misión valiente de anuncio, hasta el martirio.

 

Pedro ha tenido que salir de sus esquemas mentales para entrar en la manera de pensar de Dios (Mt 16,23). Lo mismo ocurrió con Abrahán, del cual el segundo domingo de Cuaresma nos suele presentar unos aspectos de la vida (la llamada, la alianza, el hijo Isaac): él entendió que no debía seguir la praxis de los sacrificios humanos muy común entre los pueblos vecinos (moabitas, amonitas y otros). El mensaje de la narración (I lectura) es muy claro: “La primera ensenñanza, la más evidente e inmediata, es que el Dios de Israel rechaza, como un crimen abominable, el sacrificio de niños. Ha sido siempre una característica de los ídolos la de pretender sacrificios humanos. Al contrario, el Dios de Israel, deteniendo el brazo de Abrahán que estaba a punto de matar a su hijo, se ha mostrado como el Señor que ama la vida (Sab 11,26), el que a todos da la vida (Hch 17,25) y no quiere la muerte de nadie (Ez 18,32)” (F. Armellini). Analizando el hecho del sacrificio de Isaac bajo los criterios de la inculturación misionera, aparece con evidencia la fuerza de la Palabra de Dios que juzga, corrige, purifica las costumbres de los pueblos.

 

El rostro transfigurado y fascinante de Jesús es un preludio de su realidad post-pascual y definitiva; la misma que se nos ha prometido a nosotros: “Ese cuerpo, que se transfigura delante de los ojos pasmados de los apóstoles, es el cuerpo de Cristo nuestro hermano, pero es también nuestro cuerpo destinado a la gloria; aquella luz que lo inunda es y será también nuestra parte de herencia y de resplandor. Estamos llamados a compartir una gloria tan grande, porque somos ‘partícipes de la naturaleza divina’ (2P 1,4). Una dicha incomparable”. Así escribió Pablo VI, en el mensaje que hubiera tenido que pronunciar antes en el rezo del Angelus del domingo 6 de agosto de 1978, pocas horas antes de morir.

 

En esta vocación a la vida y a la gloria se funda principalmente la dignidad de cada persona humana, que por ningún motivo ha de sufrir desfiguraciones. (*)  Lamentablemente, el rostro de Jesús es a menudo desfigurado en muchos rostros humanos, como afirma el documento de los Obispos latinoamericanos en Puebla (1979): “La situación de extrema pobreza generalizada adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela” (n. 31). Y a continuación, viene una lista de desfiguraciones: rostros de niños enfermos, abandonados, explotados; rostros de jóvenes desorientados y frustrados; rostros de indígenas y de afroamericanos marginados; rostros de campesinos relegados y explotados; rostros de obreros mal retribuidos, desempleados, despedidos; rostros de ancianos marginados de la sociedad familiar y civil (cfr el documento de Puebla 32-43). Y la lista podría continuar con las situaciones que cada cual conoce en su ambiente. Se trata de llamadas apremiantes a la conciencia de los responsables y a los misioneros del Evangelio de Jesús.

 

 

Palabra del Papa (comentando la mirada compasiva de Jesús sobre la muchedumbre: cfr Mt 9,36).

(*)  “Ante los terribles desafíos de la pobreza de gran parte de la humanidad, la indiferencia y el encerrarse en el propio egoísmo aparecen como un contraste intolerable frente a la «mirada» de Cristo. El ayuno y la limosna, que, junto con la oración, la Iglesia propone de modo especial en el período de Cuaresma, son una ocasión propicia para conformarnos con esa «mirada». Los ejemplos de los santos y las numerosas experiencias misioneras que caracterizan la historia de la Iglesia son indicaciones valiosas para sostener del mejor modo posible el desarrollo”.

Benedicto XVI

Mensaje para la Cuaresma 2006

 

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 12/3: S. Luis Orione (1872-1940), sacerdote fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia y de algunas Congregaciones religiosas.

- 15/3: Sta. Luisa de Marillac (1591-1660), viuda, fundadora, junto con S. Vicente de Paúl, de las Hijas de la Caridad.

- 15/3: En el 175 aniversario del nacimiento (en Limone sul Garda-Brescia) de S. Daniel Comboni (1831-1881), primer Vicario apostólico del África Central.

- 15/3: B. Artémides Zatti (1880-1951), salesiano, médico misionero en la Patagonia (Argentina).

- 17/3: S. Patricio (385-461), obispo de Armagh, misionero y patrono de Irlanda.

- 18/3: S. Cirilo (+386), obispo de Jerusalén, conocido por sus catequesis; a menudo fue perseguido por los arrianos.

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A cargo de: P. Romeo Ballan, mcci – Director emérito del CIAM, Roma

Sito Web:    www.ciam.org    “Palabra para la Misión”

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