PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical 


 

Esa presencia real y misteriosa:

“¡A MÍ ME LO HICIERON!”


 

Solemnidad de Cristo Rey - Domingo  34° del T. O.

Año “A” - Domingo 20.11.2005

 

Ezequiel  34,11-12.15-17

Salmo  22
1Corintios  15,20-26.28
Mateo  25,31-46

 

Reflexiones

La Palabra de Dios en este domingo, fiesta de Cristo Rey y último del año litúrgico, tiene un evidente mensaje de recapitulación, con una triple proyección: sobre el pasado, presente y futuro de las personas y de la historia humana. Son los tiempos de la presencia salvadora de Cristo, el cual es siempre ‘Emmanuel’ (Dios con nosotros): Él ha venido a Belén en carne humana, está y camina con nosotros en la vida diaria, vendrá en la etapa final como juez. Su presencia está siempre marcada por el amor, es portadora de consuelo en el sufrimiento, y es motivo de esperanza incluso en la espera del juicio final. El Evangelio de hoy describe ese último momento con palabras de miedo y de extrema severidad (v. 41-46); parecen contrastar con el resto del Evangelio, que presenta a un Jesús bueno, “amigo de publicanos y pecadores” (Lc 7,34), quien se hizo hombre para “buscar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). De modo emblemático, inmediatamente después de la escena grandiosa del juicio, Mateo coloca a Jesús que, en su Pascua de amor, “va a ser entregado para ser crucificado” (Mt 26,2).
 
Jesús, el Pastor bueno que da su vida por las ovejas (Jn 10), encarna el proyecto de Dios, rey-pastor, a quien Ezequiel (I lectura) describe con abundantes verbos que indican un amor atento por las ovejas: las cuida, vela, reúne, apacienta, busca, cura, sana… El salmista canta su seguridad y felicidad porque el pastor está cerca (Salmo responsorial). Y Pablo (II lectura) declara con fuerza que todo el mal, incluida la muerte, será destruido y superado, gracias a la resurrección de Cristo.
 
Para una correcta comprensión del texto de Mt 25 sobre el juicio, es preciso tener presente el género literario propio de las escenas de juicio, según la literatura bíblica (ver Dn 7) y extrabíblica, cuya finalidad no es describir lo que ocurrirá, sino enseñar cómo comportarse hoy. Antes que una información sobre el futuro, se indica un programa para vivir hoy. A la luz del juicio final, Jesús revela la calidad que han de tener nuestras acciones; enseña cómo plantear la vida para no equivocarse, sino para elegir el buen camino. El único camino es el Suyo: el amor y el servicio a los necesitados. “Al atardecer de la vida, seremos juzgados sobre el amor”, afirmaba justamente S. Juan de la Cruz.
 
El amor a los últimos abre las puertas del Reino de Dios: “Vengan, ustedes, los benditos de mi Padre…” (v. 34). Jesús indica el camino para alcanzarlo: enumera cuatro veces seis obras de amor a personas necesitadas: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados. Ayudar a tales personas forma parte del trabajo diario de los misioneros; y es tarea de cada cristiano y de los seguidores de todas las religiones. Estas obras de amor constituyen un terreno de encuentro con todas las personas de buena voluntad. Is 58,6-7 presenta una lista de estas obras, pero ya en el II milenio a.C., el Libro de los muertos (cap. 125) del antiguo Egipto ponía en los labios del difunto estas palabras: “Yo he hecho lo que agrada a los dioses. He dado pan al hambriento, he dado agua al sediento, he vestido al que estaba desnudo, he acogido al que estaba de paso”. A tales obras, Jesús aporta una novedad decisiva: Él se identifica con los más débiles y pequeños, hasta decir “a mí me lo hicieron” (v. 40). Los últimos son realmente los destinatarios privilegiados de las opciones del Señor. Para indicarlos, Mateo usa el mismo término que emplea hablando de Belén (Mt 2,6), el insignificante lugar del que viene el Mesías. Así, cada pobre es como Belén: lugar de manifestación del Señor. Por tanto, la opción preferencial por los pobres no es una elección alternativa, sino una obligación para la Iglesia, como lo afirma enérgicamente Juan Pablo II. En ella está en juego la fidelidad de la Iglesia a su Señor. *
 
El Hno. Charles de Foucauld, proclamado Beato hace pocos días (13.11.2005), vivió profundamente la presencia de Cristo en los pobres entre los cuales quiso vivir, los beduinos del desierto, todos ellos musulmanes. Pocos meses antes de morir escribía: “Creo que no hay otra palabra del Evangelio que me ha impresionado tanto y ha transformado mi vida, como ésta: «Lo que ustedes hacen a uno de estos pequeños, me lo hacen a mí». Si se piensa que tales palabras son de la Verdad increada, las palabras de la boca que ha dicho: «Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre», con qué fuerza nos sentimos impulsados a buscar y amar a Jesús en estos pequeños, pecadores, pobres”. Carlos de Jesús, el ‘hermano universal’, supo reconocer la presencia de Cristo tanto en la Eucaristía como en los pobres, incluidos los no cristianos. Fue un verdadero testigo. Un auténtico misionero.
 
 
Palabra del Papa
*  “Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: «He tenido hambre y ustedes me han dado de comer, he tenido sed y me han dado... fui forastero... desnudo... enfermo... encarcelado y han venido a verme» (Mt 25,35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia… Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial Suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos”.
Juan Pablo II
Novo Millennio Ineunte (2001), n. 49
 
Siguiendo los pasos de los Misioneros
- 20/11: Jornada Internacional de los Derechos del Niño, creada por la ONU en 1989.
- 23/11: S. Columbano, abad (+615), nacido en Irlanda, misionero itinerante en Francia, Suiza e Italia, fundador de numerosos monasterios.
- 23/11: B. Miguel Agustín Pro (1891-1927), jesuita mexicano, martirizado durante la persecución en contra de la Iglesia. Junto con él, cabe recordar a muchos otros mártires de aquel período.
- 24/11: S. Andrés Dung Lac (+1839), sacerdote, y otros compañeros mártires en Vietnam. Juan Pablo II en 1988 canonizó a 117 de ellos: obispos, sacerdotes, laicos martirizados en diferentes lugares, modos y tiempos.
- 26/11: S. Leonardo de Puerto Mauricio (1676-1751), sacerdote franciscano entregado a las misiones populares. Fue el primero en crear el Via Crucis.
- 26/11: B. Santiago Alberione (1884-1971), fundador de la Familia Paulina (una decena de instituciones), para fomentar una presencia del Evangelio en los mass media y para promover las vocaciones.

 

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A cargo de: P. Romeo Ballan, mcci – Director emérito del CIAM, Roma

Sito Web:    www.ciam.org    “Palabra para la Misión”

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