PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El CIAM propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.

El juicio sobre el mundo se llama ‘amor-misericordia’


 

IV Domingo de Cuaresma

Año B - 26.3.2006

  • 2Crónicas  36,14-16.19-23
  • Salmo  136
  • Efesios  2,4-10
  • Juan  3,14-21

 

Reflexiones

Muerte y vida, juicio y salvación, condenación y fe, tinieblas y luz, mal y verdad... son algunas expresiones del dualismo característico de Juan, que aparece también en el pasaje del Evangelio de hoy. La historia humana de todos los tiempos está llena de estos contrastes, tensiones y victorias parciales: a veces del bien, otras del mal, según las fuerzas y acontecimientos que se amontonan y se cruzan. Lo que mayormente preocupa y angustia el corazón humano es saber quién va a ser el más fuerte, quién prevalecerá al final, cuál será la palabra definitiva. El optimismo o la depresión, la esperanza o la desesperación dependen de la respuesta a este dilema.

 

El mismo Juan –en la conversación de Jesús con Nicodemo- nos ofrece la respuesta de esperanza: sobre el mal del mundo prevalece el amor de Dios. El juicio de Dios sobre el mundo es la salvación, ofrecida como don; la palabra definitiva de Dios no es la muerte, sino la vida. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna” (v. 3,16). La condenación, en todo caso, es una opción personal de algunos: es la suerte tan sólo de quien prefiera la tiniebla a la luz y deteste la luz (v. 19-20). El proyecto de Dios es totalmente para la vida. “Sobre el pecado y sobre el mal del mundo resplandece siempre la luz del amor de Dios” (F. Mauriac).

 

La relectura, en clave antropológica, de la historia del Pueblo de Israel, según el libro de las Crónicas (I lectura), se presenta en términos de pecado-castigo-salvación. El pecado era general: jefes, sacerdotes, pueblo... todos “multiplicaron sus infidelidades” (v. 14); sin embargo, el Señor “tenía compasión de su pueblo” y les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros (v. 15). Tras experiencias de derrotas, deportación y esclavitud, por fin se abre para el pueblo el camino del retorno a la patria. La liberación proclamada por Ciro, rey de Persia, se considera como la intervención final de Dios, quien da así cumplimiento a su promesa de salvación (v. 22).

 

Para Pablo (II lectura), en el origen del proyecto divino sobre el mundo, hay un “Dios, rico en misericordia”, que ama con “gran amor” (v. 4), que ofrece a todos gracia sobreabundante y “su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (v. 7). En Él tenemos la salvación mediante la fe; “y es... un  don de Dios” (v. 8). Este don no está reservado sólo para algunos, sino que Dios lo ofrece a todos, aunque por cominos y en tiempos diferentes. El signo de esta salvación universal es el Hijo del hombre elevado –¡para todos!- en el desierto de este mundo. Él es el juicio de amor divino sobre el mundo: ¡un juicio  de  misericordia!  (*)  Esa “misericordia de generación en generación” que también María ha cantado con gozo y pasión tras el acontecimiento de la Anunciación del Señor.

 

Es suficiente –pero a la vez necesario, para no cerrar los ojos a la luz- mirar hacia Él: Él es el Hijo, el primero de muchos hijos y hermanos, elevado “para que todo el que cree en Él tenga vida eterna” (Jn 3,15). La salvación es para el que cree, para quien levante la mirada hacia Él, para aquellos que “mirarán al que atravesaron” (Jn 19,37). Tener fija la mirada de amor sobre Él es fuente de salvación y de misión, como San Daniel Comboni, en 1871, lo señalaba a los futuros misioneros de su Instituto para África: “El pensamiento perpetuamente dirigido al gran fin de su vocación apostólica debe engendrar en los alumnos del Instituto el espíritu de sacrificio. Fomentarán en sí esta disposición esencialísima teniendo siempre los ojos fijos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas. Si con viva fe contemplan y gustan un misterio de tanto amor, serán felices de ofrecerse a perderlo todo y a morir por Él y con Él” (Escritos, 2720-2722). La contemplación de Cristo, elevado sobre la Cruz y en la Eucaristía, es una invitación y un estímulo a la santidad de vida y al compromiso misionero, para llevar el mensaje de Jesús a todos los pueblos.

 

 

Palabra del Papa

(*) “Creer en el Hijo crucificado significa «ver al Padre», significa creer que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa creer en la misericordia. En efecto, es ésta la dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre”.

Juan Pablo II

Encíclica Dives in Misericordia  (1980), n.7

 

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 27/3: S. Ruperto (+718 ca.), obispo de Salzburgo, evangelizador de Austria y de Baviera.

- 30/3: B. Ludovico de Casoria (Nápoles, 1814-1885), de los franciscanos menores, trabajó y creó instituciones para el rescate de la esclavitud y la educación de niños africanos.

- 30/3: S. Leonardo Murialdo (Turín, 1828-1900), fundador de la Sociedad de S. José, para la educación de la juventud y las Misiones.

- 1/4: B. Luis Pavoni (Brescia, 1784-1848), pionero de las escuelas profesionales para jóvenes, promotor de la prensa católica, fundador de los Hijos de María Inmaculada (Pavonianos).



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A cargo de: P. Romeo Ballan, mcci – Director emérito del CIAM, Roma

Sito Web:    www.ciam.org    “Palabra para la Misión”

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