PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El CIAM propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.

La misión como buena noticia del perdón de  los pecados


 

VII  Domingo del Tiempo Ordinario

Año B  -  19.02.2006

 

  • Isaías  43,18-19.21-22.24b-25
  • Salmo  40
  • 2Corintios  1,18-22
  • Marcos  2,1-12

Reflexiones
La curación del paralítico y el perdón de sus pecados (Evangelio) constituyen un doble prodigio y una buena noticia misionera, que el evangelista Marcos narra con abundantes detalles. Éstos se deben a una clara intención teológica y catequética más que a la descripción de una crónica. En efecto, cualquiera que se imagine con realismo la escena encuentra varios detalles algo inverosímiles: la libertad que los cuatro camilleros se toman de destechar una casa ajena; parecería irrilevante decir el número de los camilleros; no se entiende por qué tanta prisa de quitar tierra, cañas, palos (los frágiles materiales de los techos de entonces), mientras parece que las muchas personas congregadas en el interior de la casa siguen escuchando tranquilos, a pesar de la polvareda, al maestro que “les proponía la palabra” (v. 2). Además, la curación y el perdón de los pecados no han sido solicitados abiertamente por nadie, sino ofrecidos por Jesús gratuitamente: era evidente que el paralítico y sus cuatro amigos esperaban la curación, pero Jesús comienza por el perdón de los pecados (v. 5). Existe, finalmente, la conexión teológica entre el poder de perdonar los pecados y el poder de curar al enfermo (v. 10-11). Éstas y otras observaciones de tipo doctrinal y redaccional no quitan valor histórico al milagro de Jesús, pero sirven para explicar su significado salvífico, de acuerdo con el plan catequético del evangelista Marcos.

En el pasaje evangélico aparecen delante de Jesús dos grupos de personas. Ante todo, algunos de los escribas -los conocidos leguleyos de ese tiempo- estaban allí “sentados” (v. 6), en el interior de la casa, en primera fila; están inmóviles y ocupan el espacio del acceso directo a Jesús; con su estatismo espiritual representan la institución judía, ya superada. Fuera de la casa, se mueve activamente el grupo de los cuatro camilleros que cargan a un paralítico: estando fuera, quieren hacer algo, son un modelo de solidaridad, tienen prisa de encontrar a Jesús, pero el acceso les está cerrado. Llevan a un paralítico, que, en su obligada inmovilidad, representa la realidad de los paganos y pecadores, quienes, tan sólo encontrando directamente a Cristo, pueden curarse, levantarse y caminar. Los cuatro camilleros representan al mundo entero que llega desde los cuatro puntos cardinales. “Ahora resulta claro también el significado simbólico de la casa en la que Jesús está encerrado. Representa la institución judía que pretende reservar la salvación al pueblo elegido... Debe ser destechada, abierta de par en par a todos, y en efecto Jesús considera un gesto de fe la tarea realizada por los cuatro camilleros” (F. Armellini).

El tema central de la narración evangélica de hoy es el perdón de los pecados. Según la mentalidad corriente, ese perdón estaba condicionado por una serie de purificaciones rituales, o por la reparación de un daño causado a otra persona, o por la intervención destructora de un Dios cansado de tantos malvados... En este contexto, resulta escandalosa la posición de Jesús: llama a aquel hombre “hijo” (v. 5), para significar que para Dios también el pecador no arrepentido es siempre un hijo amado; le ofrece un perdón incondicional, sin que nadie se lo pidiera, sin exigir ningún rito de purificación. Jesús actúa con una gratuidad que escandaliza al que piense que el hombre, cumpliendo ciertas obras o ritos, puede merecer el perdón de Dios. Por el contrario, ni siquiera el arrepentimiento del pecador es  capaz de producir el perdón, lo cual es siempre y sólo don gratuito de Dios, signo de la renovación interiore realizada por la gracia.

En la óptica cristiana, la remisión de los pecados no es como tender un velo para encubrir una realidad negativa que permanece, sino la creación de una realidad nueva. Dios transforma dede dentro, renueva el corazón y la vida; no recicla, sino re-crea; Dios va más allá de las restauraciones, porque hace cosas nuevas. En tiempos de exilio, el profeta Isaías (I lectura), con el deseo de superar un pasado negativo, anuncia la sorpresa de Dios: “Mira, hago una cosa nueva”, y presenta tres símbolos de novedad: un brote, un camino en el desierto, ríos en la estepa (v. 19). Esta novedad de Dios va de la mano de su fidelidad, la cual se ha manifestado plenamente en Jesucristo (II lectura), en quien “todas las promesas de Dios se han convertido en un Sí” (v. 20).

Las sorpresas de Dios son muchas: el poder de perdonar los pecados está confiado ahora al Hijo del hombre en la tierra’ (v. 10) y desde Cristo ese poder llega a la humanidad a través de la  comunidad de los creyentes (Gv 20,23); el paralítico se levanta, una acción que Marcos describe con el verbo griego (egeiro) típico de la resurrección, es decir, de la vida nueva; la habitación del hombre curado ya no será algo reducido –como la camilla a la que estaba amarrado por la enfermedad-, sino amplio; será una casa, la casa del Padre que está en los cielos, la casa de todos los hijos del único Padre. El milagro se realizó en presencia de mucha gente, para que se conozca y alabe por doquier la misericordia del Dios que salva (v. 12). El mismo objetivo persigue la misión confiada a los discípulos de todos los tiempos, como lo afirma el evangelista Lucas en el mandato misionero al final de su Evangelio, para que “se predicara en su nombre (de Cristo) la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones” (Lc 24,47). (*)
 

Palabra del Papa

(*)  “El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe. La conversión es un don de Dios, obra de la Trinidad; es el Espíritu que abre las puertas de los corazones, a fin de que los hombres puedan creer en el Señor y «confesarlo» (cf. 1Cor 12,3)... La conversión se expresa desde el principio con una fe total y radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la existencia”.

Juan Pablo II
Encíclica Redemptoris Missio (1990) n. 46

 
Siguiendo los pasos de los Misioneros
- 22/2: Fiesta de la Cátedra de S. Pedro, y del Papa, en cuanto vicario de Cristo y de Pedro, llamado a presidir la Iglesia en la caridad.
- 23/2: S. Policarpo, discípulo de S. Juan, obispo de Esmirna, el último de los Padres Apostólicos.
- 23/2: B. Josefina Vannini (+1911), fundadora de las Hijas de S. Camilo, para el servicio de los enfermos.
- 24/2: B. Ascensión Nicol Goñi (1868-1940), religiosa española, cofundadora de las Misioneras Dominicas del Stmo. Rosario, con carisma educativo y misionero.
- 25/2: B. Sebastián Aparicio (+1600); fue de España a México, pasó de casado a viudo, de rico a fraile lego franciscano; murió en Puebla (México).
- 25/2: Stos. Luis Versiglia, obispo, y Calixto Caravario, sacerdote; salesianos, martirizados en 1930 en la provincia de Guandong, China.

 

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A cargo de: P. Romeo Ballan, mcci – Director emérito del CIAM, Roma

Sito Web:    www.ciam.org    “Palabra para la Misión”

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