PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El CIAM propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.

Destinatarios y pregoneros de un mensaje gozoso




VIII  Domingo del Tiempo Ordinario

Año B  -  26.02.2006

 

  • Oseas  2,16-17.21-22
  • Salmo  102
  • 2Corintios  3,1-6
  • Marcos  2,18-22

 

Reflexiones

La práctica del ayuno judío, con sus fechas y ritualismos, ofrece a Jesús la oportunidad para dar un mensaje esencial. El ayuno era una praxis religiosa muy común entre la gente sencilla, entre los guías del pueblo (Moisés, Elías, Daniel...), entre los pobres de Yahvéh que esperaban al Mesías (Simeón, Ana: cf Lc 2). El mismo Jesús lo practicó en el desierto, al comienzo de su vida pública, pero más tarde se distanció de las formas oficiales de practicar el ayuno (Evangelio). Es más, hacía caso omiso de quienes le acusaban  de ser “un comilón y un borracho” (Mt 11,19), y de estar sentado a la mesa con publicanos y pecadores (Mc 2,15-17; Lc 15,2).

 

Hay por lo menos dos sólidas razones que explican este alejamiento de Jesús de una tradición espiritual tan arraigada. Ante todo, Jesús se opone a la mentalidad corriente en aquel tempo –y también en nuestros días- según la cual la obra buena del ayuno (u otras obras) es fundamento de un mérito o un derecho de salvación delante de Dios. Jesús, por el contrario, quiere llevar a los discípulos por los caminos de la gratuidad. Él quiere que los discípulos entiendan que los nuevos tiempos mesiánicos ya han llegado, que el Reino ya está presente, que Él es el esposo que invita a todos los pueblos al banquete de la vida nueva (v. 19), en el cual se ofrece gratuitamente el vino nuevo (v. 22) de la alianza definitiva. La fiesta ya ha comenzado y todos están invitados; la única condición para tomar parte es abrir el corazón al don, ser un odre nuevo, bien dispuesto a acoger las sorpresas de Dios, presentes en Jesús.

 

La conversión anunciada por Jesús al comienzo  -“conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15)- supone abandonar los vestidos viejos y remendados (v. 21) de las costumbres antigas, dejar de lado el vino avinagrado y ambiguo del pasado, para acoger el vino nuevo que es Cristo (v. 22), creer en Él, como los primeros discípulos en la boda de Caná (Jn 2,11), vestir el traje de fiesta de los hijos y de los hermanos en la casa del Padre común. En este contexto, el ayuno, antes de ser acto para cautivarse a Dios, es un gesto de libertad frente a las cosas y de un compartir solidario con los hermanos necesitados. También hoy, el auténtico ayuno religioso-eclesial-solidario debe ser rescatado de motivaciones de otro tipo: ayunos como instrumento de presión política o ideológica (huelgas de hambre...), o por motivos higiénicos y estéticos, por razones puramente ascéticas...

 

La motivación de la fiesta de boda, de la que habla Jesús, es profunda: Él es el esposo de la humanidad nueva, por cuya salvación se ofreció a sí mismo, con amor íntegro, que acepta incluso las infidelidades de la esposa (la humanidad pecadora), como canta el profeta Oseas (I lectura) en su obstinado amor por la esposa adúltera: “Te desposaré conmigo para siempre... en justicia y en derecho, en amor y en  ternura,... en fidelidad” (v. 21-22). Son cinco regalos de boda que Dios otorga como dote a su esposa, para asegurarle que Él es capaz y está decidido incluso a transformar las prostitutas en vírgenes, como comenta S. Jerónimo.

 

Este mensaje tiene una fuerza regeneradora que llena de gozo interior y misionero. A este propósito, el conocido teólogo Paul Tillich decía: “Se nos critica, a menudo y con razón, ser los  sepultureros de un Dios muerto y no los testigos del Dios viviente. Debemos reconocer el valor de esta crítica y preguntarnos si nuestra falta de alegría depende del hecho de que somos cristianos o más bien porque no lo somos verdaderamente”. Por vocación, decía Juan Pablo II, el misionero es el hombre/la mujer de las Bienaventuranzas.  (*)

 

También Pablo, polemizando con sus opositores, tenía muy presente este tema mientras escribía a los cristianos de Corinto (II Lectura), confiando en su testimonio de vida como la mejor ‘carta de recomendación’ (v. 1), definiéndolos  “una carta de Cristo... escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo... en tablas de carne, es decir, en el corazón” (v. 3). Las comunidades eran el fruto del apostolado misionero de Pablo, que él, sin embargo, no atribuye a sus habilidades, porque “nuestra capacidad procede de Dios” (v. 5). Debería recargarnos de gozosa energía misionera el hecho de que somos destinatarios y, al mismo tiempo, pregoneros de un mensaje que por definición se llama ‘evangelio’, es decir, buena nueva. Como cristianos, somos ante el  mundo una carta de presentación de Dios, portadores de su imagen y de su mensaje. Nos planteamos, por tanto, una pregunta fundamental para la misión: ¿qué imagen, qué rostro de Dios mostramos al mundo?

 

 

Palabra del Papa

(*)  “El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas... Viviendo las Bienaventuranzas el misionero experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la ‘buena nueva’ ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza”.

Juan Pablo II

Encíclica Redemptoris Missio (1990) n. 91

 

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 26/2/1885: Fecha importante para la historia del colonialismo en África y de las misiones: en la Conferencia de Berlín (1884-1885) las potencias europeas se repartieron el continente africano.

- 27/2: Bta. María-Caridad Brader (1860-1943), religiosa suiza, misionera en Ecuador y Colombia; fundó las Franciscanas de María Inmaculada, con el carisma de unir acción y contemplación.

- 28/2: S. Augusto Chapdelaine, sacerdote de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París, mártir (+1856) en Xilinxian, provincia de Guangxi (China).

- 3/3: Btos. Liberato Weiss, Samuel Marzorati y Miguel Pío Fasoli de Zerbo, de los franciscanos menores, martirizados (+1716) en Gondar (Etiopía).

- 3/3: Sta. Catalina Drexel, (Filadelfia, USA, 1858-1955); fundadora, entregó su rica herencia en favor de los indígenas y afroamericanos, abriendo y sosteniendo para ellos unas 60 escuelas y misiones.

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A cargo de: P. Romeo Ballan, mcci – Director emérito del CIAM, Roma

Sito Web:    www.ciam.org    “Palabra para la Misión”

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