PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El CIAM propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.


El Espíritu abre corazones y fronteras



Domingo de Pentecostés

Año B – 04.6.2006

 


Hechos  2,1-11
Salmo  103
Gálatas  5,16-25
Juan  15,26-27; 16,12-15

 

Reflexiones

La fiesta judía de Pentecostés  -siete semanas, o 50 días, después de Pascua-  en un comienzo era la fiesta de la siega del trigo (cf. Éx 23,16; 34,22). Más tarde, se le asoció el recuerdo de la promulgación de la Ley en el Sinaí. De fiesta agrícola Pentecostés pasó a ser progresivamente una fiesta histórica: un memorial de los grandes momentos de la alianza de Dios con su pueblo (ver Noé, Abrahán, Moisés, Jeremías 31,31-34, Ezequiel 36,24-27…). Además de un cambio en el calendario, es importante notar la nueva perspectiva con respecto a la ley y al modo de entender y vivir la alianza. La ley era un don del que Israel estaba orgulloso, pero se trataba de una etapa transitoria, insuficiente.

 

Era preciso avanzar hacia la interiorización de la ley, un camino que alcanza su cumbre en el don del Espíritu Santo, que se nos ha dado, en lugar de la ley, como verdadero y definitivo principio de vida nueva. El Pentecostés cristiano celebra el don del Espíritu, “que es Señor y dador de vida”. En torno a la ley, Israel se formó como pueblo. En la nueva familia de Dios, la cohesión ya no viene de un ordenamiento exterior, por excelente que éste sea, sino desde dentro, desde el corazón, en virtud del amor que el Espíritu nos da, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rm 5,5). Gracias a Él, “somos hijos de Dios” y exclamamos “¡Abá, Padre!”. Somos el pueblo de la nueva alianza, llamados a vivir una vida nueva, en virtud del Espíritu, que nos hace familia de Dios, con la dignidad de hijos y herederos (Rm 8,15-17).

 

A esta dignidad debe corresponder un estilo de vida coherente. Pablo (II lectura) describe con palabras concreas dos estilos de vida diferentes y opuestos, según la opción de cada uno: las obras de la carne (v. 19-21) o los frutos del Espíritu (v. 22). Para los que son de Cristo Jesús y viven por el Espíritu, el programa es uno solo: “marchemos tras el Espíritu” (v. 25).

 

El Espíritu hace caminar a las personas y los grupos humanos y cristianos, renovándolos y transformándolos desde dentro. Es Espíritu abre los corazones, los purifica, los sana y los reconcilia, hace superar las fronteras, lleva a la comunión. Es Espíritu de unidad (de fe y de amor) en la pluralidad de carismas y de culturas, como se ve en el evento de Pentecostés (I lectura), en el cual se armonizan la unidad y la pluralidad, ambos dones del mismo Espíritu. Pueblos diversos entienden un único lenguaje (v. 9-11). S. Pablo atribuye claramente al Espíritu la capacidad de hacer que la Iglesia sea una y plural en la diversidad de carismas, ministerios y operaciones (cf. 1Cor 12,4-6). La Iglesia tiene que afrontar el desafío permanente de ser católica y misionera, de pasar de Babel a Pentecostés, como enseña el Papa Benedicto XVI.  (*)

 

El Espíritu Santo es ciertamente el fruto más grande de la Pascua en la muerte y resurrección de Jesús, quien lo sopla sobre los discípulos (Jn 20,22-23). Es el Espíritu del perdón de los pecados y de la misión universal. Es más, Él es el protagonista de la misión (cf. RMi cap. III; EN 75s.), confiada por Jesús a los Apóstoles y a sus sucesores. El Espíritu actúa siempre: en las tareas misionales sencillas y escondidas de cada día, y en los momentos más solemnes. Pienso, por ejemplo, en el III Congreso Misionero Americano (CAM-3), que ya se está preparando para agosto de 2008 en Quito (Ecuador) con la esperanza de “renovar el acontecimiento de Pentecostés en las Iglesias particulares”, con miras a un compromiso más firme en la nueva evangelización y en la misión ad gentes.

 

Para esta misión se nos da el Espíritu como guía “hasta la verdad plena” y como Defensor y Consolador (Evangelio). Estrechamente vinculada a la obra creativa y purificadora del Espíritu está su acción capaz de sanar y curar. Se trata de un poder real y eficaz, para el cual existe una particular sensibilidad en el mundo misionero, aunque a menudo no es fácil discernir. La acción sanadora alcanza a veces también al cuerpo, pero mucho más al espíritu humano, curando las heridas internas con el bálsamo de la reconciliación y de la paz.

 

 

Palabra del Papa

*  “El Espíritu Santo da el don de comprender. Supera la ruptura iniciada en Babel -la confusión de los corazones, que nos enfrenta unos a otros-, y abre las fronteras. El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, ahora se amplía hasta la desaparición de todas las fronteras. El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica, ésta es su esencia más profunda... La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. El viento y el fuego del Espíritu Santo deben abrir sin cesar las fronteras que los hombres seguimos levantando entre nosotros; debemos pasar siempre nuevamente de Babel, de encerrarnos en nosotros mismos, a Pentecostés”.

Benedicto XVI

Homilía en el domingo de Pentecostés, 15.5.2005

 

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 4/6: Alfonso Mwembe Nzinga, rey del Kongo, primer soberano negroafricano que recibió el Bautismo (1491).

- 5/6: S. Bonifacio, obispo y mártir (675-754), monje británico, gran evangelizador de Alemania, obispo de Maguncia, enterrado en Fulda.

- 6/6: S. Norberto (1080-1134), obispo de Magdeburgo, fundador de los Norbertinos (Premostratenses); misionero en Francia y Alemania.

- 6/6: S. Marcelino Champagnat (1789-1840), fundador de los Hermanos Maristas, para la educación y formación de los jóvenes.

- 8/6: B. Jaime Berthieu, (1838-1896), sacerdote jesuita francés, misionero durante más de 20 años en Madagascar; murió mártir en Ambiatibé.

- 8/6: B. María Teresa Chiramel Mankidiyan (1876-1926), religiosa carmelita de Kerala (India), fundadora de las Religiosas de la Sagrada Familia, que se dedican a jóvenes y necesitados.

- 9/6: B. José de Anchieta (1534-1597), sacerdote jesuita, nacido en las islas Canarias, misionero y apóstol de Brasil, fundador de la ciudad de São Paulo.

 



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A cargo de: P. Romeo Ballan, mcci – Director emérito del CIAM, Roma

Sito Web:    www.ciam.org    “Palabra para la Misión”

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