PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera
sobre la liturgia dominical

   

EL ROSTRO TRANSFIGURADO DE JESUS

y los muchos rostros “desfigurados”

  II Domingo de Cuaresma

Año “A” – Domingo  20.2.2005

 

Génesis  12,1-4a

Del Salmo  32

2 Timoteo  1,8b-10

Mateo  17,1-9


Reflexiones

 

Una clave de lectura del Evangelio de la Transfiguración y de los demás textos bíblicos y litúrgicos de este domingo, la brinda la antífona de entrada: “Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro”. Una respuesta a tan insistente súplica llega de un alto monte, donde Jesús se transfiguró delante de tres discípulos escogidos: “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mt 17,2). La luz no viene de afuera, sino que mana desde dentro de la persona de Jesús. Con razón, Lucas, en el texto paralelo, subraya que Jesús  subió al monte “para orar, y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). De la relación con su Padre, Jesús sale transformado interiormente; la plena identificación con el Padre resplandece en el rostro de Jesús, quien podía decir: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4,34; cfr 14,11).

 

El camino de transformación interior es el mismo para Jesús y para el apóstol. La oración vivida como escucha-diálogo de fe y de humilde abandono en Dios tiene la capacidad de transformar la vida del cristiano y del misionero; es la única experiencia “fundante” de la misión. Esta fue también la experiencia de Pedro, ya muy convencido de no haber seguido “fábulas ingeniosas”, habiendo sido “testigo ocular… estando con él en el monte santo” (2 P 1,16.18). Superada la crisis de la pasión, la experiencia de intimidad con el Maestro ha confirmado la vocación y el compromiso de Pedro por una misión valiente de anuncio, hasta el martirio.

 

El apóstol está convencido de que Dios es fiel y lo acompaña en todas las etapas y vicisitudes de la vida: comienzos, momentos de Tabor o de Getsemaní… La vocación misionera supone siempre una salida, un éxodo, como ocurrió con Abrahán (I lectura): salida geográfica para la misión ad extra, pero también salida de uno mismo, abandono de afectos y de seguridades, para ir hacia metas que Dios indicará (nótese el verbo al futuro). Abrahán obedeció, fiándose del Señor. Pablo dejó el camino de Damasco para la nueva aventura con Jesús, despreocupado ya de los sufrimientos; es más, exhorta al discípulo Timoteo (II lectura): “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé” (2 Tim 1,8).

 

El rostro fascinante de Jesús, nuestro hermano mayor, es un preludio * de su realidad post-pascual y definitiva; la misma que nos ha sido prometida también a nosotros, por el que “nos salvó y nos llamó a una vida santa… porque antes de la creación Dios dispuso darnos su gracia” (Ibid. v. 9). En esta vocación a la vida y a la gracia se funda principalmente la dignidad de cada persona humana, que por ningún motivo ha de sufrir deturpación. Lamentablemente, el rostro de Jesús es a menudo desfigurado, como afirma, por ejemplo, el documento de los Obispos latinoamericanos en Puebla (1979): “La situación de extrema pobreza generalizada adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela” (n. 31). Y a continuación, una triste secuencia de deturpaciones: rostros de niños enfermos, abandonados, explotados; rostros de jóvenes desorientados y frustrados; rostros de indígenas y de afroamericanos marginados; rostros de campesinos relegados y explotados; rostros de obreros mal retribuidos, desempleados, despedidos; rostros de ancianos marginados de la sociedad familiar y civil (cfr Puebla 32-43). Y la lista podría continuar con las situaciones que cada cual conoce en su ambiente. Se trata de llamados apremiantes a los misioneros del Evangelio de Jesús.

 

 

Palabra del Papa

* “Ese cuerpo, que se transfigura delante de los ojos pasmados de los apóstoles, es el cuerpo de Cristo nuestro hermano, pero es también nuestro cuerpo destinado a la gloria; aquella luz que lo inunda es y será también nuestra parte de herencia y de resplandor. Estamos llamados a compartir una gloria tan grande, porque somos ‘partícipes de la naturaleza divina’ (2 P 1,4). Una dicha incomparable…”

 

Pablo VI, Palabras que iba a pronunciar antes del Angelus

del domingo 6 de agosto de 1978, pocas horas antes de morir.

 

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 22/2: Fiesta de la Cátedra de S. Pedro, y del Papa, llamado a presidir (la Iglesia) en la caridad.

- 23/2: - S. Policarpo, discípulo de S. Juan, obispo de Esmirna, el último de los Padres Apostólicos.

            - B. Josefina Vannini (+1911), fundadora de las Hijas de S. Camilo.

- 25/2: - B. Sebastiano Aparicio (+1600), de España a México, de casado a viudo, de rico a fraile lego franciscano, murió en Puebla (México).

- Ss. Luis Versiglia, obispo, y P. Calixto Caravario, salesianos, martirizados en 1930 en la provincia de Guandong, China.