PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El EUNTES.NET propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.


Del miedo al valor de anunciar a Cristo



V Domingo de Pascua
Año “A” - Domingo 20.4.2008

 

Hechos  6,1-7
Salmo  32
1Pedro  2,4-9
Juan  14,1-12

 

Reflexiones
Las palabras del Evangelio tienen el sabor y la emoción de un testamento, que Jesús confía a sus discípulos después de la última cena, en las largas horas de la despedida (Jn 13,31-17,26). Son la preciosa enseñanza que Jesús deja a sus discípulos como herencia, pocas horas antes de entrar en su camino (v. 4.6): el camino de la cruz-muerte-resurrección. Testamento y herencia que, en la vida de todos, normalmente se vuelven efectivos tras la muerte del testador. El caso de Jesús es diferente: no es el testamento de un muerto, sino de un viviente. Con razón, la liturgia nos revela este testamento en los domingos después de Pascua, haciéndonoslo gustar como palabra viva del Resucitado. Ante todo, es una palabra de consuelo y de esperanza para la comunidad de los creyentes, para que no tiemble su corazón, sino que permanezcan fuertes en la fe (v. 1) y prontos a seguir los pasos del Maestro por el mismo camino: el camino hacia la Pascua, hacia la casa del Padre. La casa del Padre, sin embargo, no es inmediatamente el paraíso, sino ante todo la comunidad de los creyentes: donde hay “muchas estancias”; donde Jesús se nos ha adelantado y nos ha preparado un lugar (v. 2-3); donde los sitios, los encargos y los servicios por cumplir son muchos; donde el sitio más importante es el que permite servir más y mejor a los demás.

 

Ayudarse como hermanos a hermanos, lavarse los pies unos a otros (Jn 13,14), sin títulos de clase, honor, prestigio… Éste era el ideal y el gran testimonio de la primera comunidad, en la cual había sí una diferencia, la única, reconocida por todos desde los comienzos: la diferencia en razón del servicio (o ministerio), requerido y brindado a la comunidad. Estamos ante un tema misionero que apasiona. El mensaje del Evangelio de este domingo y las experiencias de la primera comunidad cristiana (I y  II lectura) contienen luces preciosas para la misión de la Iglesia. El libro de los Hechos (I lectura), presenta un cuadro de dificultades misioneras concretas y frecuentes: se refieren al crecimiento numérico, al pluralismo cultural de la comunidad (v. 1: conflicto entre los de lengua griega y los de lengua hebrea, con consecuencias sociales y económicas), a la organización de la asistencia a los necesitados... Para encontrar la solución, se emplean criterios básicos para la buena marcha de la misión: amplia consulta en el grupo (v. 2), búsqueda de personas llenas de Espíritu y de sabiduría (v. 3.5), definición de los ministerios (v. 3.4.6). Así: los diáconos para la administración y los Doce Apóstoles para la oración y el servicio de la Palabra.

 

Hoy diríamos que la solución se encontró gracias a un ejercicio de la autoridad en forma sinodal y plural: en la colegialidad y en la ministerialidad, que han permitido actuar con pluralismo cultural y con descentralización. La Iglesia de Jerusalén salió de aquel percance más madura, enriquecida con nuevas fuerzas para el apostolado, más abierta a las exigencias culturales de los diferentes grupos. Fue una solución ejemplar, que tuvo inmediatos efectos de irradiación misionera: “la Palabra de Dios iba cundiendo”, mientras crecía el número de discípulos (v. 7).

 

Soluciones de esa naturaleza son propias de un pueblo que San Pedro (II lectura) define real, santo, escogido por Dios (v. 9), llamado a acercarse al “Señor, la piedra viva” y, por tanto, un pueblo formado por “piedras vivas” (v. 4.5). Volvemos aquí al tema de los diferentes servicios en la casa de Dios: no es importante ser piedras de fachada o piedras escondidas en los cimientos. S. Daniel Comboni así lo recomendaba a sus misioneros para África: “El misionero trabaja en una obra de altísimo mérito, ciertamente, pero muy ardua y laboriosa, para ser una piedra escondida bajo tierra, que quizás nunca verá la luz, y que entra a formar parte de los cimientos de un nuevo y colosal edificio, que tan sólo la posteridad verá surgir del suelo” (Reglas de 1871, Escritos, n. 2701). Lo que importa es formar parte de la comunidad de creyentes y ser activos en el servicio a la misión de Cristo Salvador. (*)

 

Jesús no ha venido a quitarnos el sufrimiento, sino a darnos valor para afrontar los miedos profundos de la enfermedad, el futuro, la soledad, la muerte… “Dios no ha venido a explicar el sufrimiento; ha venido a llenarlo con su presencia” (Paul Claudel). En la conversación con sus discípulos (Evangelio), Jesús los invita a no perder la tranquilidad ante las pruebas (v. 1). Los exhorta a creer en Él, que es “el camino, la verdad y la vida” (v. 6). Habla de su íntima unidad con el Padre, hasta el punto de que quien le ha visto a Él ha visto al Padre (v. 9). Jesús es el primer misionero del Padre: lo ha revelado y anunciado con la palabra y con las obras (v. 11). Surge aquí la pregunta fundamental para la misión: hoy ¿a quién le toca revelar al Padre y revelar a Jesús, el Salvador del mundo? El desafío permanente del cristiano es poder decir: ¡quien ve mi vida y escucha mi palabra, ve al Padre, ve a Cristo! Aquí tiene sus raíces y su amplitud la responsabilidad misionera de todo bautizado.

 

Palabra del Papa

(*)  “La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de su deber de volver a proponer al mundo la voz de Aquel que dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12)”.

Benedicto XVI

Primer Discurso como Papa, en la Capilla Sixtina, 20 de abril de 2005

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 20/4: S. Marcelino (+374), obispo: nació en África y, junto con los dos compañeros Vicente y Donino, fue un valiente evangelizador en la Francia meridional.

- 21/4: S. Anselmo de Aosta (1033-1109), doctor de la Iglesia, monje benedictino y abad de Bec (Normandía); nombrado obispo de Canterbury, luchó y sufrió mucho por la libertad de la Iglesia en Inglaterra.

- 21/4: En 1957 Pío XII publicó la encíclica misionera “Fidei Donum”, sobre la situación de las misiones católicas, particularmente en África.

- 23/4: S. Jorge (s. IV, en Palestina), santo popular por la lucha contra el dragón; mártir venerado desde la antigüedad por las Iglesias de Oriente y de Occidente.

- 23/4: S. Adalberto (Vojtech), obispo de Praga y mártir (956-997), intrépido misionero en Polonia y entre otros pueblos eslavos.

- 23/4: B. María Gabriela Sagheddu (1914-1939), nacida en Cerdeña y fallecida como monja trapense en Grottaferrata (Roma), ofreció su vida por la unidad de los cristianos.

- 24/4: S. Fidel de Sigmaringen (1577-1622), sacerdote capuchino suizo, protomártir de la Congregación de Propaganda Fide (creada en 1622) y de la incipiente Orden de los Capuchinos.

- 25/4: S. Marcos, evangelista, discípulo de Pablo y de Pedro, considerado el fundador de la Iglesia de Alejandría en Egipto.

- 25/4: S. Pedro de Betancur (1626-1667), hermano terciario franciscano, misionero español en Guatemala, llamado “hombre caridad” por su entrega a huérfanos, mendigos, enfermos.

 

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A cargo de: P. Romeo Ballán – Misioneros Combonianos (Verona)

Sitio Web:   www.euntes.net    “Palabra para la Misión”

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