PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera

sobre la liturgia dominical

   

MISIÓN ES:

predicar el Evangelio y engendrar las Iglesias

por la fuerza del Espíritu

 

Domingo 6° de Pascua

Año “A” – Domingo  1°.5.2005

 

Hechos  8,5-8.14-17                     

Del Salmo  65

1Pedro  3,15-18

Juan  14,15-21

 

                       

 

        

Reflexiones

 

En el discurso-conversación-plegaria de Jesús con sus amigos después de la Ultima Cena (Evangelio), se respira un ambiente de adiós: abundan las emociones, recuerdos, preguntas, temores… Sin embargo, sobre todo eso prevalece la promesa consoladora del Maestro: “No los dejaré desamparados, volveré… (v. 18); el Padre les dará otro Defensor… para siempre” (v. 16). Jesús promete el Espíritu como don para el que ora (Lc 11,13), come defensor y paráclito (Jn 16,7-11), Espíritu de la verdad plena (Jn 14,17; 16,13), perdón de los pecados (Jn 20,22-23), Espíritu que grita en nosotros “¡Abbá, Padre!” (Rom 8,15)… En fin, una presencia amiga, una compañía íntima y afectuosa. Él es el Espíritu de amor en el seno de la Trinidad y en cada uno de nosotros, nuevo principio de vida moral para la observancia de los mandamientos. ¡Por amor! Como signo de amor. En la gratuidad y reciprocidad (Jn 14,21).

 

El mismo Espíritu es el que anima la misión de los creyentes en el mundo, entre todos los pueblos, como se ve en Pentecostés, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Eso mismo se constata también en la fundación de la Iglesia en Samaria(I lectura), la segunda comunidad (después de Jerusalén), seguida de Antioquia (Hch 11,19-26) y las otras. En los comienzos de la comunidad de Samaria encontramos a un diácono, Felipe, que llega huyendo de la persecución desatada después de la muerte de Esteban, predica a Cristo, le escuchan con aprobación, cumple prodigios, bautiza, la ciudad se llena de alegría (cf. Hch 8,8). Son los signos iniciales de una comunidad de fe, que más tarde recibirá el sello de los Apóstoles Pedro y Juan con el don del Espíritu Santo (cf. Hch 8,17). La historia de la Iglesia misionera está llena de hechos semejantes: casi todas las comunidades cristianas empiezan por obra de un catequista seglar, de un grupo de laicos (Legión de María y otros), o de unas religiosas… Solamente más tarde llegan el sacerdote, y el obispo, con los sacramentos de la iniciación cristiana y las estructuras eclesiales.

 

La Iglesia es una comunidad de creyentes en Cristo cuyos miembros – igual que los primeros destinatarios de la carta de Pedro (II lectura) – están “siempre prontos para dar razón de su esperanza a todo el que se la pidiere” (1P 3,15). En las páginas de los Hechos se respira la frescura misionera de las primeras comunidades cristianas. Una frescura y un ardor que se vuelven contagiosos y no se pueden ocultar. Con razón se ha dicho que “los cristianos son ridículos cuando ocultan lo que los hace interesantes” (Card. J. Daniélou). *

 

La Iglesia del Resucitado es una comunidad misionera portadora de un mensaje de vida y de esperanza para anunciarlo a todos los pueblos, como lo afirma el Concilio: “La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (Gaudium et Spes 1).

 

 

Palabra del Papa

*  “La Iglesia es por  su naturaleza misionera, su tarea primordial es la evangelización. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha dedicado a la actividad misionera el Decreto Ad Gentes, que recuerda de qué manera «los Apóstoles… siguiendo las huellas de Cristo, predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias»; y que «sus sucesores están obligados a perpetuar esta obra, a fin de que ‘la palabra de Dios se difunda y glorifique’ (2Ts 3,1) y el Reino de Dios sea anunciado y establecido en toda la tierra» (Ad Gentes 1). En los comienzos del tercer milenio, la Iglesia experimenta con nueva convicción que el mandato misionero de Cristo es plenamente actual. El Gran Jubileo del año Dos Mil la ha llevado a ‘caminar desde Cristo’, contemplado en la oración, a fin de que la luz de su verdad resplandezca ante todos los hombres, en especial por el testimonio de la santidad”.

Benedicto XVI

Homilía en la Basílica de S. Pablo, Roma, 25 de abril 2005.

 

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 1/5: S. José Obrero, de Nazaret, quien enseñó a Jesús a trabajar.

- 2/5: S. Atanasio (295-373), obispo de Alejandría de Egipto y doctor de la Iglesia; fue perseguido y expulsado varias veces por los herejes arrianos.

- 3/5: SS. Apóstoles: Felipe de Betsaida, y Santiago el menor, primer obispo de Jerusalén.

- 3/5: B. María Leonia (Alodia) Paradis (1840-1912), religiosa canadiense, fundadora de las Pequeñas Hermanas de la S. Familia de Sherbrooke, en Quebec (Canadá).

- 4/5: B. Juan Martín Moyë (+1793), sacerdote de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de Paris, misionero en la China, fundador, muerto en Treviri (Alemania).

- 6/5: S. Pedro Nolasco (+1245 en Barcelona), fundador, junto con S. Ramón de Peñafort y el rey Jaime I de Aragón, de la Orden de la Merced para el rescate y la redención moral de los esclavos.

- 6/5: B. Francisco de Montmorency-Laval (1623-1708), misionero francés, obispo de Quebec (Canadá).

- 6/5: B. Rosa Gattorno (1831-1900), madre de familia y viuda; fundó en Piacenza la congregación de las Hijas de Santa Ana, que muy pronto (1878) partieron a misiones en otros continentes.

 

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A cargo de: P. Romeo  Ballan, mcci – Director del CIAM, Roma – Sito Web:  www.ciam.org   “Parola per la Missione”