PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El CIAM propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.

 


El Espíritu relanza siempre la Misión




Domingo de Pentecostés

Año C – 27.5.2007


Hechos  2,1-11
Salmo  103
Romanos  8,8-17
Juan  14,15-16.23-26

 

Reflexiones
La fiesta judía de Pentecostés  -siete semanas, o 50 días, después de Pascua-  en un principio era la fiesta de la siega del trigo (cf Éx 23,16; 34,22). Más tarde, se asoció a ella el recuerdo de la promulgación de la Ley en el Sinaí. De fiesta agrícola, Pentecostés pasó a ser progresivamente una fiesta histórica: un memorial de los grandes momentos de la alianza de Dios con su pueblo (ver Noé, Abrahán, Moisés; Jeremías 31,31-34; Ezequiel 36,24-27…). Además de un cambio en el calendario, es importante notar la nueva perspectiva con respecto a la ley y al modo de entender y vivir la alianza. La ley era un don del que Israel estaba orgulloso, pero se trataba de una etapa transitoria, insuficiente.

 

Era preciso avanzar hacia la interiorización de la ley, un camino que alcanza su cumbre en el don del Espíritu Santo, que se nos ha dado, en lugar de la ley, como verdadero y definitivo principio de vida nueva. El Pentecostés cristiano celebra el don del Espíritu, “que es Señor y dador de vida”. En torno a la ley, Israel se formó como pueblo. En la nueva familia de Dios, la cohesión ya no viene de un ordenamiento exterior, por excelente que éste sea, sino desde dentro, desde el corazón, en virtud del amor que el Espíritu nos da, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rm 5,5). Gracias a Él (II lectura) “somos hijos de Dios” y exclamamos: “¡Abá, Padre!”. Somos el pueblo de la nueva alianza, llamados a vivir una vida nueva, en virtud del Espíritu, que nos hace familia de Dios, con la dignidad de hijos y herederos (v. 14-17). A tal dignidad debe corresponder un estilo de vida coherente. Pablo describe dos estilos de vida opuestos, según la opción de cada uno: la vida según la carne y la vida según el Espíritu (v. 8-13).

 

El Espíritu hace caminar a las personas y a los grupos humanos y cristianos, renovándolos y transformándolos desde dentro. El Espíritu abre los corazones, los purifica, los sana y los reconcilia, hace superar las fronteras, lleva a la comunión. Es Espíritu de unidad (de fe y de amor) en la pluralidad de carismas y de culturas, como se ve en el evento de Pentecostés (I lectura), en el cual se armonizan la unidad y la pluralidad, ambos dones del mismo Espíritu. Pueblos diversos entienden un único lenguaje: el mapa de las naciones debe convertirse  en casa común para “hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (v. 9-11). S. Pablo atribuye claramente al Espíritu la capacidad de hacer que la Iglesia sea una y plural en la diversidad de carismas, ministerios y servicios (cf 1Cor 12,4-6). La Iglesia tiene que afrontar el desafío permanente de ser católica y misionera, de pasar de Babel a Pentecostés, como enseña el Papa Benedicto XVI.  (*)

 

El Espíritu, que se manifiesta como viento, fuego, don de lenguas, es el Espíritu de la misión universal. Él es el protagonista de la misión (cf RMi cap. III; EN 75s.), que Jesús confía a sus apóstoles y a sus sucesores. Para llevar a cabo esta misión, el Espíritu está siempre cercano y operante, como asegura Jesús en cinco ocasiones durante el largo discurso después de la Cena (Jn 14,16-17; 14,26; 15,26; 16,7-11; 16,13-15). Es el Espíritu Consolador (Evangelio) que permanece con nosotros siempre, que mora en el que ama (v. 16.23); es el Maestro que lo enseña todo y nos va recordando todo lo que Jesús nos ha dicho (v. 26). En Pentecostés los apóstoles entendieron, por fin, las palabras de Jesús que los ha enviado: Vayan al mundo entero, hagan de todos los pueblos una sola familia...

 

Un profeta moderno de esta misión y de la unidad de los cristianos ha sido ciertamente Atenágoras, Patriarca de Estambul, un hombre lleno del Espíritu, como se ve también de las siguientes afirmaciones: “Sin el Espíritu Santo Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad un poder, la misión una propaganda, el culto un arcaísmo, la conducta moral una conducta de esclavos. Pero en el Espíritu Santo el cosmos está comprometido para la  generación del Reino, Cristo resucitado se hace presente, el Evangelio se convierte en fuerza y vida, la Iglesia realiza la comunión trinitaria, la autoridad se transforma en servicio, la liturgia es memorial y adelanto, la conducta humana es deificada”.

 

Palabra del Papa

(*)  “El Espíritu Santo da el don de comprender. Supera la ruptura iniciada en Babel -la confusión de los corazones, que nos enfrenta unos a otros-  y abre las fronteras... El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es un pueblo que proviene de todos los pueblos. La Iglesia, desde el inicio, es católica; ésta es su esencia más profunda... La Iglesia debe llegar a ser siempre nuevamente lo que ya es: debe abrir las fronteras entre los pueblos y derribar las barreras entre las clases y las razas. En ella no puede haber ni olvidados ni despreciados. En la Iglesia hay sólo hermanos y hermanas de Jesucristo libres. El viento y el fuego del Espíritu Santo deben abrir sin cesar las fronteras que los hombres seguimos levantando entre nosotros; debemos pasar siempre nuevamente de Babel, de encerrarnos en nosotros mismos, a Pentecostés”.

Benedicto XVI

Homilía en el domingo de Pentecostés, 15.5.2005

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 27/5: Fiesta de Pentecostés: el Espíritu Santo ‘habla’ en todos los idiomas.

- 27/5: S. Agustín, obispo de Canterbury (+604/605), monje romano, enviado por el Papa San Gregorio Magno como misionero a Inglaterra, donde fundó varias sedes episcopales.

- 28/5: Beatos Antonio Juliano Nowowiejski (1858-1941) y León Wetmanski (1886-1941), respectivamente, arzobispo y obispo auxiliar de Plock (Polonia), presidente y secretario de la Unión Misional del Clero (PUM), ambos fallecidos en campo de concentración.

- 29/5: B. José Gérard (1831-1914), sacerdote francés de los Oblatos de María Inmaculada, pionero de las misiones en Sudáfrica y Lesotho.

- 29/5: S. Úrsula (Julia) Ledóchowska (1865-1939), religiosa austriaca, fundadora de las Ursulinas del S. Corazón de Jesús Agonizante: realizó viajes misioneros en diferentes países de Europa.

- 30/5: S. José Marello (1844-1895), obispo de Acqui Terme (Piamonte), fundador de los Oblatos de S. José, para la formación moral y cristiana de la juventud.

- 31/5: Fiesta de la Visitación de María a Isabel: un encuentro de fe y de alabanza al Señor.

- 1/6: S. Justino, filósofo cristiano, nacido en Palestina y martirizado en Roma (+165).

- 1/6: B. Juan B. Scalabrini (1839-1905), obispo de Plasencia (Italia), fundador de los Misioneros de S. Carlos, para la asistencia pastoral de los migrantes.

- 1/6: S. Aníbal María Di Francia (1851-1927), sacerdote siciliano de Mesina, apóstol de la oración por las vocaciones, fundador de los Rogacionistas.

- 2/6: Con la bula pontificia ‘Sublimis Deus’, Pablo III condenó la esclavitud (año 1537).

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A cargo de: P. Romeo Ballan, mcci – Director emérito del CIAM, Roma

Sito Web:    www.ciam.org    “Palabra para la Misión”

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