PALABRA PARA LA MISIÓN
Apuntes de reflexión misionera sobre la liturgia dominical

El EUNTES.NET propone, semanalmente, para laicos, religiosas y sacerdotes un itinerario de reflexiones sobre la liturgia dominical en clave misionera. Se ofrecen apuntes para una meditación misionera, personal o comunitaria, sobre la Palabra de Dios, la cual, de manera constante y sorprendente, sigue iluminando, fortaleciendo y sosteniendo el camino misionero de la Iglesia, para la vida del mundo.


El Rostro transfigurado no quiere rostros desfigurados

II  Domingo de Cuaresma
Año B – 08.03.2009

Génesis  22,1-2.9.10-13.15-18

Salmo  115

Romanos  3,31-34

Marcos  9,2-10

 

Reflexiones

“¿Quién es Jesús?” La cuestión de fondo de todo el Evangelio de Marcos (Mc 1,1.11.24; 2,10-11; 8,29; 15,39) encuentra una respuesta en la Transfiguración de Jesús (Evangelio). La antífona de entrada ofrece una clave de lectura de los textos bíblicos y litúrgicos de este domingo: “Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro” (Sal 26,8-9). Una respuesta a tan insistente súplica llega de “una montaña alta”, donde Jesús se transfiguró delante de tres discípulos escogidos: “sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo” (v. 2-3). Marcos insiste sobre el resplandor luminoso que pone de manifiesto la identidad de Jesús. En efecto, el color blanco es signo del mundo de Dios, del gozo, de la fiesta. La luz no viene de afuera, sino que mana desde dentro de la persona de Jesús. Con razón, Lucas, en el texto paralelo, subraya que Jesús subió al monte “para orar, y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). De la relación con su Padre, Jesús sale dinámicamente transformado: la plena identificación con el Padre resplandece en el rostro del Hijo. (*)

 

El camino de transformación interior es el mismo para Jesús y para el apóstol: la oración, vivida como escucha-diálogo de fe y de humilde abandono en Dios, tiene la capacidad de transformar la vida del cristiano y del misionero. En efecto, la oración es la experiencia fundante de la misión. Ésta fue también la experiencia de Pedro, muy convencido de no haber seguido “fábulas ingeniosas”, habiendo sido “testigo ocular… estando con Él en el monte santo” (2P 1,16.18). Entre la confusión y el susto (v. 6), Pedro hubiera querido evitar ese misterioso éxodo hacia Jerusalén, del cual hablaban Moisés y Elías con Jesús (Lc 9,31); hubiera deseado detener en el tiempo esa hermosa venida del Reino (v. 5) como una perenne fiesta de las Tiendas (Zc 14,16-18). Una vez superada la crisis de la pasión, la escucha del Hijo predilecto del Padre (v. 7) y su amistad con Él han confirmado la vocación y la entrega de Pedro para una misión valiente de anuncio, hasta el martirio.

 

Pedro ha tenido que salir de sus esquemas mentales para entrar en la manera de pensar de Dios (Mt 16,23). Lo mismo ocurrió con Abrahán, del cual el segundo domingo de Cuaresma nos suele presentar aspectos de su vida emblemática: la llamada, la alianza, el hijo Isaac. Él entendió que no debía seguir la praxis de los sacrificios humanos muy común entre los pueblos vecinos (moabitas, amonitas y otros). El mensaje de la narración (I lectura) es claro: “La primera ensenñanza, la más evidente e inmediata, es que el Dios de Israel rechaza, como un crimen abominable, el sacrificio de niños. Ha sido siempre una característica de los ídolos la de pretender sacrificios humanos. Al contrario, el Dios de Israel, deteniendo el brazo de Abrahán que estaba a punto de matar a su hijo, se ha mostrado como el Señor que ama la vida (Sab 11,26), el que a todos da la vida (Hch 17,25) y no quiere la muerte de nadie (Ez 18,32)” (F. Armellini). Analizando la narración del sacrificio de Isaac bajo los criterios de la inculturación misionera, aparece con evidencia cómo la Palabra de Dios valora, juzga, corrige, purifica las costumbres de los pueblos.

 

El rostro transfigurado y fascinante de Jesús es un preludio de su realidad post-pascual y definitiva; la misma que se nos ha prometido a nosotros: “Ese cuerpo, que se transfigura delante de los ojos pasmados de los apóstoles, es el cuerpo de Cristo nuestro hermano, pero es también nuestro cuerpo destinado a la gloria; la luz que lo inunda es y será también nuestra parte de herencia y de resplandor. Estamos llamados a compartir una gloria tan grande, porque somos ‘partícipes de la naturaleza divina’ (2P 1,4). ¡Una dicha incomparable!”. Así había escrito Pablo VI, en el mensaje que hubiera tenido que pronunciar antes del rezo del Angelus del domingo 6 de agosto de 1978, pocas horas antes de morir.

 

En el hecho de estar llamados a la vida y a la gloria, se funda principalmente la dignidad de cada persona humana, que por ningún motivo ha de sufrir desfiguraciones. Lamentablemente, el rostro de Jesús es a menudo desfigurado en muchos rostros humanos, como afirmaban los Obispos latinoamericanos en el documento de Puebla (1979): “La situación de extrema pobreza generalizada adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela” (n. 31). Y a continuación, viene una lista de desfiguraciones: rostros de niños enfermos, abandonados, explotados; rostros de jóvenes desorientados y frustrados; rostros de indígenas y de afroamericanos marginados; rostros de campesinos relegados y explotados; rostros de obreros mal retribuidos, desempleados, despedidos; rostros de ancianos marginados de la sociedad familiar y civil (cf documento de Puebla n. 32-43). Y la lista podría continuar con las situaciones que cada uno conoce en su ambiente y a nivel mundial. Cualquier rostro desfigurado, sea quien sea, es una llamada apremiante dirigida cada uno de nosotros, a los responsables de las naciones y a los misioneros del Evangelio de Jesús.

 

 

Palabra del Papa

(*)  “Jesús subió a un monte ‘para orar’ (Lc 9, 28) juntamente con los apóstoles Pedro, Santiago y Juan y, ‘mientras oraba’ (Lc 9,29), tuvo lugar el luminoso misterio de su transfiguración. Por tanto, para los tres Apóstoles subir al monte significó participar en la oración de Jesús, que se retiraba a menudo a orar, especialmente al alba y después del ocaso, y a veces durante toda la noche... La oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo”.

Benedicto XVI

Angelus, domingo 4 de marzo de 2007

 

Siguiendo los pasos de los Misioneros

- 8/3: S. Juan de Dios (1495-1550), religioso portugués, fundador de la Orden de Hermanos Hospitalarios (Fatebenefratelli), protector de los hospitales, patrono de los enfermos y enfermeros.

- 8/3: Día Internacional de la Mujer: se instituyó en 1910 y se convirtió en Jornada ONU en 1975).

- 9/3: SS. Cuarenta Soldados capadocios, martirizados en Sebaste (Armenia, +320).

- 9/3: S. Domingo Savio, educado en Turín por S. Juan Bosco; falleció a los 14 años (+1857).

- 10/3: B. Elías del Socorro Nieves del Castillo, sacerdote agustino mexicano, martirizado en Cortázar (México, +1928), junto con otros durante la persecución.

- 12/3: S. Luis Orione (1872-1940), sacerdote piamontés, fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia y de algunas Congregaciones religiosas para la asistencia a los más necesitados.

 

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A cargo de: P. Romeo Ballán – Misioneros Combonianos (Verona)

Sitio Web:   www.euntes.net    “Palabra para la Misión”

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