“VIA CRUCIS MISIONERO”

 

Para la Cuaresma y otros tiempos litúrgicos

 

 

INTRODUCCIÓN

El “vía crucis” (camino de la cruz) es un modo de oración y de contemplación para revivir la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Se acostumbra hacer esta celebración durante la Cuaresma, pero también en otros tiempos litúrgicos, tanto en privado como en comunidad.

Jesús ha padecido, ha muerto y ha resucitado para salvar a todos los hombres, de todos los tiempos; ha cargado sobre sí el peso del mundo entero. Hoy Jesús está vivo en su Iglesia, en todos nosotros. Acompañar a Jesús, en su vía dolorosa, significa que nosotros, junto con El, nos hacemos solidarios con todos los hombres que hoy sufren y esperan la salvación.

El propósito del presente guión-esquema es darle a la celebración del “vía crucis” un contenido misionero. Vía crucis misionero” quiere decir revivir, hoy, junto con Jesús, las múltiples situaciones misioneras del mundo actual. Este es el recorrido espiritual que vamos a realizar en las 15 estaciones del “vía crucis”.

El texto está pensado principalmente para comunidades, grupos, familias, con la posibilidad de adaptarlo a cada público y lugar. Para cada estación se ha escogido un texto bíblico y se proponen algunas reflexiones a partir de diferentes situaciones misioneras en el mundo. Los demás elementos tradicionales del “vía crucis” (oraciones iniciales y finales, cantos, invocaciones, momentos de silencio...) se dejan a la discreción del grupo, según las costumbres y la conveniencia pastoral.

 

 

I. Jesús es condenado a muerte.

 

Del Evangelio de Juan:

Volvió a salir Pilato y les dijo: “Miren, se lo traigo fuera para que sepan que no encuentro ningún delito en él”. Jesús entonces salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Les dice Pilato: “Aquí tienen al hombre”. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Les dice Pilato: “Tómenlo ustedes y crucifíquenle, porque yo ningún delito encuentro en él”... Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

(Jn 19,4-6.16).

 

Jesús acepta morir para liberarnos de nuestros pecados y darnos su vida en plenitud. El, víctima inocente, es condenado por la maldad y la envidia de algunos hombres. ¡Cuántas veces, hoy, se repite en el mundo esta situación! Se abusa de la pobreza, de la falta de instrucción, de la incapacidad de muchas personas de rebelarse, para privarlas de sus derechos, y a veces hasta de su derecho a la vida. (En cada comunidad se pueden citar aquí ejemplos de actualidad mundial o local).

Pidamos por todos los perseguidos y oprimidos, y para que nosotros nunca seamos de aquellos que condenan y oprimen, sino de los que acogen y toman la defensa de los débiles. Oremos por todos los que en distintos lugares del mundo son obstaculizados o condenados por su trabajo en defensa de la persona humana.

 

 

II. Jesús cargando la cruz.

 

Del Evangelio de Marcos:

Jesús comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.

(Mc 8,31-33).

 

En la figura de Pedro, relatada en este pasaje del Evangelio, se refleja nuestra incapacidad de reconocer a Dios en un hombre que está cargando una cruz. En su resurrección Jesús ha convertido la cruz y el dolor en instrumentos de salvación. Pero, al mismo tiempo, nos pide a todos que aliviemos el sufrimiento de los demás.

Oremos por el Papa, el primer misionero de la Iglesia, y por todos los misioneros esparcidos por el mundo, sobretodo por aquellos que actúan en situaciones difíciles y peligrosas, para que sepan cargar la cruz de su trabajo apostólico, con valentía y perseverancia, aun en medio de restricciones y persecuciones.

 

 

III. Jesús cae por primera vez.

 

Del Evangelio de Lucas:

Jesús decía a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará”.

(Lc 9,23-24).

 

Mientras acompañamos a Jesús llevando cada día nuestra cruz, recordemos en esta estación al continente africano, donde los católicos son apenas el 16% de la población, en medio de una muchedumbre de musulmanes y de otros no cristianos. Más de 50 naciones jóvenes están dando los primeros pasos de su independencia política, teniendo que enfrentar enormes problemas de pobreza, hambre, enfermedad, analfabetismo, guerras, luchas internas...

El Evangelio y la presencia de la Iglesia constituyen un fermento y una esperanza para el crecimiento y el desarrollo civil y social de estos pueblos. Que por la intercesión de los Santos y Mártires de África, los cristianos estén a la altura de la importante tarea que les corresponde.

 

 

IV. Jesús encuentra a su Madre.

 

Del Evangelio de Juan:

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

(Jn 19,25-27).

 

Durante su camino doloroso, Jesús encuentra nuevamente a su Madre que lo acompaña hasta el Calvario. Allí, clavado en la cruz, Jesús nos entrega a su Madre santísima. Y Ella, hecha Madre de todos los hombres, no cesa hoy de estar al lado de cada persona que sufre, sobre todo de los más pobres y necesitados. Ella, que acompañó también los primeros pasos de la Iglesia misionera, es la “Estrella de la Evangelización” (EN 82) y le corresponde asimismo el título de “Reina de las misiones”.

Confiemos a la poderosa intercesión de María todas las iniciativas misioneras de la Iglesia y las necesidades espirituales y materiales de todas las familias.

Recordemos también a todos los habitantes desparramados en las numerosas islas de Oceanía. Roguemos para que, por el testimonio y la labor de las pequeñas comunidades cristianas, el Reino de Dios sea entre ellas una realidad.

 

 

V. Jesús es ayudado por el cirineo.

 

Del Evangelio de Lucas:

Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús.

(Lc 23,26).

 

En el cirineo, que era un campesino originario del norte de Africa, vemos el compromiso de muchos cristianos que alivian los sufrimientos de sus hermanas y hermanos que están en dificultades. Cada uno de nosotros está llamado a ser “cirineo” de los demás. También los misioneros son cirineos al servicio de los más necesitados.

Oremos por todos los agentes pastorales, especialmente por los misioneros laicos, por los catequistas, y por cada uno de nosotros, a fin de que sepamos ayudar a otros hermanos a llevar su cruz.

 

 

VI. Verónica enjuga el rostro de Cristo.

 

Del Evangelio de Mateo:

Jesús les dijo: “Todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa”.

(Mt 10,42)

 

El gesto de Verónica es sencillo, cargado de amor, un amor desinteresado, puesto que Jesús - como dicen las Escrituras - ya no tenía nada que pudiera ser atractivo. Con frecuencia, también hoy el rostro de Cristo está desfigurado, como afirma el documento de los Obispos latinoamericanos en Puebla: “La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela” (n. 31).

Abramos los ojos para descubrir siempre el rostro de Cristo en los pobres y en los sufrientes; que ningún sufrimiento humano nos deje indiferentes e inactivos. Aun cuando no podamos hacer muchas cosas, tenemos por lo menos la posibilidad de orar y cumplir pequeños gestos de solidaridad, con amor.

 

 

VII. Jesús cae por segunda vez.

 

Del profeta Isaías:

Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cicatrices hemos sido curados.

(Is 53,3-5)

 

Contemplamos a Jesús que vuelve a caer bajo el peso del madero cargado sobre sus hombros: camino de la cruz, camino de dolor, camino de esperanza, camino de Jesús, camino de la humanidad.

En esta estación, pensamos en los pueblos del Asia: el pueblo chino, indio, vietnamita, filipino, iraquí, palestino, etc., a menudo aplastados por guerras, epidemias, carestías y desastres naturales. Son, asimismo, los pueblos de las grandes religiones orientales: budismo, taoismo, hinduismo, shintoismo, islam..., con todos sus seguidores, que también buscan a Dios con corazón sincero.

Oremos por todos los misioneros, para que, profundamente identificados con Cristo, sean siempre testigos del Dios invisible, mujeres y hombres contemplativos aun en medio de la actividad misionera. Y de esta manera sean puentes de comunión entre las personas, las comunidades y los pueblos.

 

 

VIII. Jesús encuentra a las mujeres piadosas

 

Del Evangelio de Lucas:

Le seguía a Jesús una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose a ellas, dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí: lloren más bien por ustedes y por sus hijos”.

(Lc 23,27-28)

 

Algunas mujeres, llorando, acompañan y consuelan a Jesús, víctima inocente. Hoy también muchas madres lloran por sus hijos enfermos, hambrientos, torturados, desaparecidos, o víctimas del terrorismo, de la drogadicción... Ciertamente, en su infancia eran buenos; quizás les faltó cariño en la familia, educación en la escuela; luego las malas compañías se los llevaron... Ahora sus madres se lamentan por ellos y los lloran, vivos o muertos.

Pensemos también en las religiosas misioneras: con amor y entrega se consagran a la asistencia y al cuidado de enfermos, ancianos y niños, en hospitales, dispensarios, maternidades. Se dedican a la enseñanza y a la educación en escuelas de todo tipo; desarrollan un apostolado precioso entre las mujeres y en las familias. Acompañémoslas con nuestra oración para que su número aumente y su servicio sea cada vez más eficaz.

 

 

IX. Jesús cae por tercera vez.

 

Del salmo 69:

¡Sálvame, oh Dios, porque las aguas me llegan hasta el cuello! Me hundo en el cieno del abismo, sin poder hacer pie; he llegado hasta el fondo de las aguas, y las olas me anegan. Estoy exhausto de gritar, arden mis fauces, mis ojos se consumen de esperar a mi Dios.

(Salmo 69,2-4)

 

Jesús, como dice el salmo, aparece hundido, sumergido, deshecho. En esta situación Jesús se hace cercano, como buen samaritano, a los que están abatidos, faltos de consuelo y de esperanza. Esta es también la situación de tantos cristianos hoy.

Pensemos por un instante en el continente americano. América del Norte, al igual que otros países europeos, tiene el rostro del bienestar y de la técnica, pero, el super-desarrollo, a menudo, hace que los hombres se cierren a la voz de Dios. América Latina posee el don de la fe cristiana, pero está oprimida por la explotación de los poderosos, por el subdesarrollo, la violencia y las injusticias institucionalizadas.

A nivel mundial, el desarme y el diálogo Norte-Sur entre países ricos y países pobres podrán llegar a resultados positivos solamente si los responsables de estos acuerdos se inspiran en criterios evangélicos a la hora de establecer las relaciones entre los pueblos. Para ello es preciso que nosotros también apoyemos eficazmente la formación de una opinión pública bien orientada.

 

 

X. Jesús es despojado de sus vestidos.

 

Del Evangelio de Juan:

Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron  cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: “No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca”. Para que se cumpliera la Escritura: ‘Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica’. Y esto es lo que hicieron los soldados.

(Jn  19,23-24)

 

Junto a Jesús, despojado de sus vestidos, pensemos en la situación de muchas personas que se ven privadas de sus derechos. La cultura moderna ensalza, justamente, los derechos de la persona, aunque en tantos lugares y ocasiones muchos millones de seres humanos no tienen ni lo necesario para sobrevivir. Y todo esto ocurre con la complicidad silenciosa de muchas personas e instituciones públicas y privadas.

Recordemos en esta estación también a Europa que está renunciando y se está despojando de grandes valores humanos y evangélicos; está perdiendo su identidad de continente cristiano. Hay varias iniciativas de apostolado que se desarrollan en medio de situaciones misioneras nuevas: periferias, migrantes, drogadictos, violencia, carrera armamentista, terrorismo, crisis familiares, divorcio, aborto...

Roguemos para que Europa, víctima de sus propios adelantos técnicos y del consumismo, redescubra el don de la fe y viva con nuevo empuje su vocación cristiana y su compromiso misionero.

 

 

XI. Jesús es clavado en la cruz.

 

Del Evangelio de Lucas:

Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

(Lc  23,33-34a)

 

Mientras lo crucifican, Jesús implora de su Padre Dios perdón por sus verdugos y por cada uno de nosotros. El evangelio del perdón de los enemigos es la novedad más alta del cristianismo; los mártires, desde San Esteban, lo han enseñado en su vida y practicado en su muerte.

Recordemos en esta estación a los responsables y a los guías de las jóvenes Iglesias de Asia, África , América y Oceanía: obispos, sacerdotes locales, religiosas, catequistas, maestros, animadores sociales, promotores del desarrollo, colaboradores de la salud, etc. Oremos para que, en sus decisiones y servicios, se dejen guiar por el Espíritu de Cristo, para que estén siempre preparados a enfrentar las nuevas situaciones. Roguemos también para que aumenten las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales, para que la Iglesia, que es experta en humanidad, sepa promover siempre el desarrollo integral de las personas y el desarrollo solidario de los pueblos.

 

 

XII. Jesús muere en la cruz.

 

Del Evangelio de Juan:

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

(Jn  19,28-30)

 

¡Es un misterio para contemplar asidua y pausadamente, con amor! Para comprender siempre más lo que significa un Dios muerto en la cruz por la salvación del mundo. En esta contemplación se alimenta y refuerza la misión. Lo que realmente contemplamos en el Crucificado es su Corazón abierto y sus brazos extendidos para abrazar al mundo entero, el mundo del pasado, del presente y del futuro. En la cruz, en el Corazón de Jesús, la salvación es ofrecida a todos, con gratuidad y abundancia. Esto es lo que hace diferente su muerte: uno ha muerto, por todos, por amor, para que todos tengan vida en abundancia.

Demos gracias al Señor por habernos concedido esta vida nueva; roguemos por los pueblos que aún no han podido recibirla, y renovemos nuestro compromiso misionero, tanto en el seno de nuestra Iglesia local como más allá de nuestras fronteras.

 

 

XIII. Jesús es depuesto de la cruz.

 

Del Evangelio de Juan:

Los soldados, al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean... Después de esto, José de Arimatea... pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo.

(Jn  19,33-35.38).

 

Juan, el discípulo amado, es testigo presencial de un hecho que lo impresiona inmensamente: la lanzada del soldado abre las ventanas sobre el misterio de ese Dios muerto en la cruz. Del corazón traspasado de Jesús, mana el Espíritu, nace la Iglesia, brotan los sacramentos de la vida.

Hoy Jesús ya no es visible entre nosotros en su cuerpo. El Resucitado pide hoy a muchas personas entregarle su propia vida, para que, a través de ellas, Él pueda continuar su misión de amor en el mundo. Cristo no tiene manos: sólo tiene las nuestras. Cristo no tiene pies: tan sólo tiene los nuestros.

Roguemos para que sean numerosos los jóvenes, muchachas y muchachos, también de esta comunidad (parroquia, instituto, grupo...), dispuestos a entregar su vida por la causa misionera, para el servicio del Evangelio entre los más necesitados y para el bien de todos los hombres, en especial de aquellos que todavía no conocen a Jesús.

 

 

XIV. Jesús es sepultado.

 

Del Evangelio de Juan:

En el lugar donde Jesús había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

(Jn  19,41-42)

 

Jesús ya lo ha dado todo, hasta la última gota de su sangre. Ahora El nos ofrece su salvación y quiere hacer de nosotros unos misioneros de su Reino. Nos pide ser misioneros en nuestra familia, en el trabajo, a través del testimonio, la oración, el sacrificio y gestos de solidaridad. De esta manera, nuestra vida, y aun la vida de los enfermos y ancianos, lejos de ser considerada inútil, se convierte en un don para lo demás.

Pidamos a Jesús que nos haga experimentar la verdad de su Palabra: “Hay mayor felicidad en dar que en recibir" (Hech  20,35). Oremos para que el Dueño de la mies suscite buenas y numerosas vocaciones del seno de las Iglesias jóvenes, como signo de su madurez y agradecimiento por el don de la fe recibida.

 

 

XV. Jesús resucita de su muerte. (Ante el Sagrario)

 

Del Evangelio de Lucas:

El primer día de la semana, muy de mañana, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Como ellas temiesen e inclinasen el rostro a tierra, les dijeron: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden cómo les habló cuando estaba todavía en Galilea”.

(Lc  24,1-6)

 

Jesús está vivo en la Eucaristía y en su Iglesia. El verdadero final del “vía crucis” no es el Calvario, ni tampoco el entierro de Jesús, sino el sepulcro vacío porque Jesús ha resucitado. Ha vencido la muerte para El y para todos nosotros. Así ya nada será más fuerte que Él. Por la fuerza de la Resurrección de Jesús, la cruz, el dolor, la enfermedad adquieren un sentido nuevo y vivificante; e incluso las situaciones misioneras más trágicas tendrán un final positivo, de felicidad.

Invoquemos a todos los santos y mártires misioneros, para que nos ayuden a vivir como “resucitados”, dando por doquier testimonio de Cristo y llevando a todos los hombres la buena nueva del Evangelio.

 

Guión elaborado por:

P. Romeo Ballan, mcci

Director del CIAM